jueves, 7 de diciembre de 2017

Domingo II de Adviento (B)



10-12-2017                            DOMINGO II  DE ADVIENTO (B)

Homilía en vídeo.
Homilía de audio
Queridos hermanos:
            Para este segundo domingo de Adviento se me ocurre predicaros dos ideas, que nos ayuden a profundizar en este misterio que celebramos.
            - Empieza hoy la 1ª lectura con las palabras preciosas y tiernas del profeta Isaías: “Consolad, consolad a mi pueblo, dice vuestro Dios; habladle al corazón”. ¡Cuánto sufrimiento hay en el mundo, en nuestra sociedad! La mayoría de este sufrimiento es inútil, en el sentido de que nos lo procuramos unos a otros sin necesidad alguna: de padres a hijos, de hijos a padres, de marido a mujer, de mujer a marido, entre vecinos, en los lugares de trabajo. Pues bien, en medio de tanto dolor y sinsentido Dios nos quiere consolar y lo hace a través de los profetas, como Isaías. Lo hace a través de Juan Bautista, pero sobre todo lo hace a través de su mismo Hijo, Jesús.
            Sabéis que estamos celebrando el tiempo de Adviento, es decir, tiempo, no en que recordamos simplemente que hace algo más de 2000 años vino Jesús al mundo, sino tiempo en que nos preparamos para la venida definitiva de Jesús. Él viene de tres modos, que no son incompatibles entre sí: 1) Jesús viene a nuestro corazón, cuando nos visita a través de la oración, de la lectura de su Palabra, de los sacramentos; 2) Jesús viene a nosotros por medio de nuestra muerte física; 3) Jesús vendrá cuando se produzca el fin del mundo.
Pues bien, hace un tiempo he sido testigo de cómo Jesús vino a un hombre, a una familia del segundo modo, o sea, a través de la muerte física de un amigo mío, que  entonces tenía unos 40 años de edad y con dos hijas entre 10 y 5 años. Tenía metástasis. Mi amigo lo sabía y hablaba con su mujer y familiares de ello. En aquel momento (era en el Adviento de 2005) fui a su casa, en una villa de Asturias distante una hora en coche de Oviedo. Hablamos sobre su vida, sobre su muerte, y sobre su vida después de su muerte. Confesamos, le puse la Unción de los enfermos, celebré la Eucaristía y comulgó el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Me decía que unos días antes le quitaron unos 9 litros de líquidos que le oprimían el vientre. Me decía que se retorcía de dolor en ocasiones y que ese dolor se lo ofrecía a Jesús (y le asomaban las lágrimas en los ojos, no cuando recordaba los momentos de dolor, sino cuando me decía que ofrecía ese dolor a Jesús). Me decía que estaba en paz, que podía prepararse con este tiempo que Jesús le daba para despedirse de su familia y de sus amigos, que se preparaba para Él. Me decía que hacía oración, que meditaba. Tenía allí la radio, que le puso su mujer por si se quería distraer, pero él no la escuchaba. Mi amigo escuchaba la “radio” de Jesús. Me decía la mujer que la paz que tenía su marido la ayudaba a ella, que él lo llevaba mejor que ella. Y yo he sido testigo de esa paz, que no procedía de mi amigo, aunque estaba en mi amigo. Esa paz procedía de Dios. Paz que le hacía no rebelarse, no protestar, ni renegar, ni martirizar a su mujer o a los que están en la casa o a su alrededor. Lo que se le hacía estaba bien todo. Cuando pedía algo (“¿me traes las pastillas?”), lo hacía desde la paz. Pero esto no se produjo de la noche a la mañana. No. Hubo muchas horas de oración detrás de mi amigo, cuando él tenía salud. Hubo muchas horas en él de dejar sus actividades y tiempo de ocio para dedicarse a coger a su familia y conducir el coche para ir a la Misa. Hubo muchas confesiones para pedir perdón a Dios por sus pecados. Hubo muchas luchas para reformar sus pecados y defectos. Hubo muchas caídas, aburrimiento y ganas de tirar la toalla, pero no lo hizo. Hubo mucho amor a Dios. Y eso, claro, ahora salió entonces. Y en mi amigo se cumplía la Palabra de Dios de hoy: pues Cristo Jesús mismo estaba visitando a mi amigo y estaba naciendo en él, pues para mi amigo estaba siendo ya Navidad. Se cumplía así en mi amigo la palabra del profeta Isaías, pues Cristo mismo lo está consolando.
Me decía la mujer de mi amigo que uno del pueblo que sabía lo de su marido le espetó que cómo iba Dios a existir, si permitía esto. A lo que la mujer replicó que Dios no era el origen de la enfermedad de su marido. Me decía esta mujer que qué sería de ellos sin Dios. Pues Él siempre estuvo con ellos y estará con ellos. De hecho, ya están haciendo planes el matrimonio para que, cuando parta de aquí el marido, éste siga atendiendo a su mujer y a sus hijas desde Dios, desde su Reino de paz, de justicia, de gracia, de verdad, de amor.
Hoy, en nombre de mi amigo, que ya se murió, de su mujer, y de Dios mismo, me convierto en voz que grita en estas parroquias para deciros: Preparad un camino al Señor, quitad vuestros pecados de encima, haced el bien una y otra vez, confesad vuestras faltas, vivid austeramente, no os llenéis de cosas que os impidan caminar hacia Dios y entonces Cristo Jesús nos visitará, nacerá en nosotros y nos consolará ahora y en la hora de nuestra muerte, como hizo con mi amigo.
- “Durante la guerra de la independencia de los Estados Unidos un hombre fue condenado a muerte por alta traición. Entonces un soldado que se había señalado por sus grandes acciones heroicas se acercó a Jorge Washington para suplicarle que perdonara a aquel hombre que estaba condenando a morir. Washington le contestó de esta manera: 'Siento mucho no condescender a la súplica que usted me hace por su amigo, pero en estas condiciones no es posible. La traición tiene que ser condenada a muerte'. El suplicante repuso: 'Pero si es que yo no le suplico por un amigo, sino por un enemigo'. El general reflexionó por unos instantes y después le dijo: '¿Me dice usted que no es su amigo sino su enemigo?' Este le contestó: 'Sí, es mi enemigo. Me ha injuriado, me ha causado grandes males'. Washington le dijo con voz pausada: 'Esto cambia el cuadro de la situación. ¿Cómo puedo rehusar la súplica de un hombre  que tiene la nobleza de implorar el perdón para su enemigo?' Y allí mismo le concedió el perdón”.
Esta narración es la historia de toda la humanidad, es la historia del sentido profundo del Adviento y de la Navidad. Nosotros, cada uno de nosotros somos esos traidores, esos enemigos que injuriamos y causamos a los demás y a Dios mismo grandes males. Y Jesús es ese hombre heroico que suplica a Dios Padre por nuestro perdón. En esto consiste el Adviento y la Navidad: nosotros estamos destinados a la muerte, a ser ajusticiados justamente por nuestros crímenes y pecados, y Jesús intercede por nosotros para salvarnos de la horca y de la muerte segura.

miércoles, 6 de diciembre de 2017

Homilías semanales EN AUDIO: semana I de Adviento








Inmaculada Concepción de la Virgen María (B)



8-12-2017                              INMACULADA CONCEPCION (B)
Homilía en vídeo
Homilia de audio
Queridos hermanos:
            En este tiempo de otoño estuve dando unas charlas sobre el Hno. Rafael y sus escritos. Fueron seis charlas preciosas, no porque las haya impartido yo, sino por lo que Rafael decía y nos enseñaba de parte de Dios.
            En sus escritos, mientras preparaba las charlas, me encontré con una carta del 11 de octubre de 1937 en la que se extiende hablando de la Virgen María. El Hno. Rafael era un gran amante de María. Al leer aquella carta ya entonces pensé en utilizar algunas partes para predicaros en esta fiesta de hoy: la Inmaculada Concepción de la Virgen María. Lo que diga a partir de ahora, por lo tanto, lo he sacado del Hno. Rafael. Vamos allá.
            “¡Es tan hermoso y tan consolador el cariño a la Virgen, que me dan pena los que no la conocen, los que no la quieren, aunque no sea más que un poco!, y sin embargo, querido hermano, ¿dónde se halla el cristiano, por tibio que sea, que no se acuerde en algún momento de su vida de la Virgen María?
            Todos, todos llevamos dentro algo que después de Dios, sólo María puede comprender y puede consolar; ese algo es criatura; ese algo es necesidad humana, es cariño, a veces es dolor; es ese algo que Dios puso en nuestras almas, y que las criaturas no pueden llenar, para que así busquemos a María. María que fue Esposa, que fue Madre, que fue Mujer. ¿Quién mejor que ella, para comprender, para ayudar, para consolar, para fortalecer? Quién mejor que María para refugio de nuestros pecados, de nuestras miserias.
            ¡Qué bueno y qué grande  es Dios, que nos ofrece el corazón de María, como si fuese el suyo! ¡Qué bien conoce Dios el corazón del hombre, pequeño y asustadizo! ¡Qué bien conoce nuestra miseria que nos pone ese puente… que es María! ¡Ah!, si supiéramos amar a la Virgen, si comprendiéramos lo que significa para Jesús todo el amor que podemos ofrecerle a la Virgen, seríamos mejores, seríamos los hijos predilectos de Jesús.
            ¿Cómo no amar a Dios viendo su Infinita Bondad, que llega a poner como intercesora entre Él y el hombre a una criatura como María, que todo es dulzura, que todo es paz, que suaviza las amarguras del hombre sobre la tierra, poniendo esa nota tan dulce de esperanza en el pecador, en el afligido, que es Madre de los que lloran, que es estrella en la noche del navegante, que es… no sé… es la Virgen María? ¿Cómo no bendecir a Dios con todas nuestras fuerzas al ver su gran misericordia para con el hombre, poniendo entre el cielo y la tierra a la Santísima Virgen? ¡¡¡Cómo no amar a Dios teniendo a la María!!! […] La Madre de Dios, la Virgen Santísima llena de gracia; la que nos ayuda en la aflicción, cubriéndonos con su manto azul, refugio de pecadores; la que es Esperanza nuestra; la que en la tierra nos ayuda para darnos luego en los cielos a su Hijo Jesucristo […]
            Honrando a la Virgen, amaremos más a Jesús; poniéndonos bajo su manto, comprenderemos mejor la Misericordia Divina; invocando su nombre como intercesora, ¿qué no hemos de conseguir de su Hijo Jesús?”
            No puedo decir más, después de haber releído estas palabras del Hno. Rafael, pues ellas calientan nuestro corazón y nuestro espíritu y nos acercan, al menos a mí, a la Virgen María para ponernos bajo su amparo.