jueves, 26 de abril de 2018

Domingo V de Pascua (B)


29-4-2018                               DOMINGO V DE PASCUA (B)
                                                             Hch. 9, 26-31; Sal.21; 1 Jn. 3, 18-24; Jn. 15, 1-8

Queridos hermanos:
            Dice el evangelio de hoy: “A todo sarmiento mío que no da fruto (mi Padre Dios) lo arranca, y al que da fruto lo poda para que dé más fruto”. En esta frase Jesús utiliza principalmente dos verbos: arrancar y podar.
- Estuve la semana pasada en la Casa Diocesana de Espiritualidad de Meres dando una tanda de ejercicios espirituales. Estuve bastante liado, pero procuré sacar todos los días unos 40 minutos después de comer para dar dos vueltas alrededor del pueblo y mover así algo las piernas. Iba por aquellos caminos y veía casas de campo, sobre todo, y alguna urbanización. En las casas de campo veía árboles frutales y en varias ocasiones los vi con demasiadas ramas. Yo no entiendo demasiado de ello, pero creo que los árboles deben de ser podados si queremos que den fruto más abundante. En una casa de campo que mis padres tienen cerca de la Virgen del Camino (León) hay varios árboles y a mí me toca habitualmente podar los avellanos. Mi padre me ha dado instrucciones para ello:
1) Arrancar. He de quitar las ramas que salen en la base del tronco, pues ellas quitan savia a otras ramas que sí producen fruto y que se desea que sigan produciéndolo. Las ramas que no sirven o que chupan savia al árbol las corto de raíz, y luego las amontono en un lugar de la finca para quemarlas en la chimenea, cuando llega el frío. Además, se quiere que el árbol tenga el tronco limpio y tire para arriba. Por otra parte, el corte también sirve para airear la copa del árbol, de manera que los rayos del sol accedan a su interior y den vida a las ramas y hojas de esta zona. El sol ayuda a eliminar ciertos insectos y otras plagas que se afincan en lugares oscuros y húmedos.
2) Podar. Aquellas otras ramas que están mejor situadas y que interesa que den fruto se cortan un poco, es decir, se podan y así dan fruto abundante y mejor. Al podar, el ‘instinto de supervivencia’ del árbol hace que cuando éste se siente atacado (esto ocurre cuando se poda) ‘tema’ por su vida y florezca antes y en gran cantidad.
            Esta comparación tan sencilla de entender para la gente del campo también hoy es perfectamente comprensible para nosotros.
            ¿Qué tipo de rama o de sarmiento somos nosotros en nuestra familia, en la sociedad, en el lugar de trabajo, de estudio, en la Iglesia, en la fe? ¿Somos de las ramas o sarmientos que no dan frutos, que roban la savia al tronco, es decir, a la familia, a la sociedad, a la Iglesia, en el trabajo, en la relación con Dios? ¿Somos de las ramas o sarmientos que aprovechan la savia del tronco (de la familia, de la sociedad, del trabajo, de la Iglesia, de Dios) para crecer y dar fruto, según nuestras capacidades y fuerzas?
            - La acción de podar es dolorosa para el sarmiento:
1) Podar significar ‘cortar’. A quien le podan le cortan un trozo de sí; a veces el corte es casi total y le deja sin una parte muy importante de su ser y de lo que fue su vida. Dios ‘podó’ al misionero italiano de la historia que conté el domingo pasado. Le cortó la relación con su familia, con su cultura, con su salud, con su comodidad, con sus seguridades…, pero ese misionero se dejó podar por Dios y dio fruto abundante… antes de morir y al morir. Cuando Dios le ‘cortaba’, seguramente no le gustaría, pero sirvió para que diera fruto.
2) Podar significa corregir. Dios poda y corrige a quienes ama. Así nos lo dice el libro del Apocalipsis: “A los que yo amo los reprendo y los corrijo; sé ferviente y enmiéndate” (Ap. 3, 19). O también en aquel otro texto precioso de la carta a los Hebreos: “Por lo demás, si a nuestros padres de la tierra los respetábamos cuando nos corregían, ¡cuánto más hemos de someternos al Padre del cielo para tener vida! Nuestros padres nos educaban para esta vida, que es breve, según sus criterios; Dios, en cambio, nos educa para algo mejor, para que participemos de su santidad. Es cierto que la corrección, en el momento en que se recibe, es más un motivo de pena que de alegría; pero después aporta a los que la han sufrido frutos de paz y salvación” (Hb. 12, 9-11). En estos días que estuve en cama por el catarro vi un programa de televisión en que un padre en Florida enseñaba a su hijo como ganarse la vida cazando caimanes. El padre le aconsejaba que les disparara con una escopeta, pero el hijo decía que no, que era mejor con su pistola. El padre decía a la cámara: ‘Estos chicos de ahora quieren aprender, pero no se dejan enseñar por quien tiene más experiencia’. Se vio enseguida cómo un caimán había caído en una trampa (una cuerda con un cebo) y había que subirlo a la barca tirando de la cuerda con una mano mientras  con la otra se le disparaba. Así lo hizo el hijo, pero el disparo de pistola no fue lo suficientemente fuerte, pues no mató al caimán y éste casi cercenó un brazo del chico. Menos mal que el padre estaba atento y mató al reptil con un disparo de escopeta. A partir de aquí se vio al chico con una escopeta en la mano cada vez que iba a subir a la barca a otro caimán.
3) La poda-corrección, si es bien recibida, produce entre otros estos frutos: -capacidad de escucha; -capacidad de introspección o de examinarse uno ante lo que se le dice;  -humildad para aceptar lo que a uno se le dice, aunque no guste al principio; -una gran ganancia en las virtudes y una disminución de los vicios, errores y pecados; -un gran amor hacia quien poda-corrige, pues se ve que lo hace por amor y se reconoce en él la valentía de corregir y educar.

Oración
            ¡Señor, corta en nosotros lo que está podrido o lleno de pecados!
            ¡Señor, corta en nosotros lo que nos impide ver la luz de tu Hijo, Jesucristo!
            ¡Señor, corta en nosotros, aunque nos duela, pues es necesario para dar frutos de santidad y de bondad!

            ¡Señor, corrígenos siempre, aunque creamos saberlo todo y conocerlo todo! ¡Corrígenos una y otra vez, aunque no te hagamos caso por nuestra terquedad y por nuestra soberbia! Sí, ¡corrígenos y no nos dejes de tu mano!

            ¡Señor, pódanos, aunque ahora estemos dando muy pocos frutos! Queremos dar más frutos para ti y para tus hijos, los hombres,… ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.

jueves, 19 de abril de 2018

Domingo IV de Pascua (B)


22-4-2018                              DOMINGO IV DE PASCUA (B)
                                                     Hch. 4, 8-12; Sal. 117; 1 Jn. 3,1-2; Jn. 10, 11-18
Homilía en vídeo.
Homilía de audio
Queridos hermanos:
            Celebramos hoy el domingo IV de Pascua y también el domingo del Buen Pastor, es decir, de Jesucristo.
            - Hace unos años leí la historia de las últimas horas de vida de un misionero en África. Creo que era un misionero italiano. Él tenía unos 40 años y atendía desde hacía 10 años un territorio bastante grande. Tenía su casa en el poblado principal y desde allí se trasladaba a otros poblados más pequeños para celebrarles los sacramentos, para reunir y hablar con los catequistas, para anunciar la Palabra de Dios, para llevar consuelo, para llevar medicinas o alimentos, para conseguir materiales y que se pudieran hacer pozos de agua y así la gente no tuviera que desplazarse kilómetros y kilómetros hasta el río o hasta un pequeño lago en búsqueda de agua. Normalmente este misionero se desplazaba en una moto. Era más cómodo para él y, además, le gustaban mucho las motos. Se la habían comprado en Italia para poder anunciar a Jesucristo.
            Un día este misionero se trasladaba de un poblado a otro para celebrar la Eucaristía. Al pasar al lado de un bosque oyó unos gritos de mujer y pensó que una fiera pudiera estar atacando a esa mujer. Paró la moto, se bajó de ella y se acercó hasta el lugar de donde salían los gritos. Se encontró con una mujer que estaba efectivamente en peligro, pero no porque la estuviera atacando una fiera, sino porque la atacaban varias ‘fieras’. Eran ‘fieras de dos patas’. Eran hombres, eran bandidos. Estaban armados y robaban donde podían. Se habían encontrado con aquella mujer en el lindero del bosque a donde ella había ido a recoger leña, la había cogido a la fuerza, la habían llevado al interior del bosque, la estaban desnudando e iban a violarla. El misionero, al ver la escena, les recriminó su mala acción. Entonces los bandidos dejaron a la mujer, la cual escapó medio desnuda, y fueron hacia el misionero. Lo cogieron y le acercaron a un árbol; con un machete le hicieron unas incisiones en los brazos y en las piernas y, a través de aquellas incisiones, le metieron unas lianas, a modo de cuerdas, y lo ataron al árbol. El sufrimiento era horrible y el misionero se estaba desangrando. Luego los bandidos con los machetes le hicieron cortes por todo el cuerpo hasta que lo mataron. Después se marcharon. Al poco tiempo llegaron hombres del poblado más cercano, a donde había ido la mujer, pero ya era demasiado tarde. El misionero estaba muerto y los bandidos habían huido.
            En ese misionero italiano se cumplió el evangelio que acabamos de escuchar hace un momento: “Yo soy el buen Pastor. El buen pastor da la vida por las ovejas; el asalariado […] ve venir al lobo, abandona las ovejas y huye; y el lobo hace estrago y las dispersa; y es que a un asalariado no le importan las ovejas”. Jesús dijo: “Yo doy mi vida por las ovejas”.
            Sin embargo, no podemos decir que este misionero dio la vida por las ovejas solamente en aquel bosque y al querer salvar a aquella mujer. NO. 1) Él dio la vida ya al dejar Italia y una vida más cómoda. 2) Dio ya la vida en los caminos que recorría llenos de fieras salvajes, con peligro de que se le estropeara la moto quedando en medio de la sabana africana y que no pudiera escapar de las fieras. 3) Dio ya la vida al renunciar a su cultura, a los alimentos habituales de su infancia y tener que comer cucarachas fritas, hormigas fritas, serpientes cocinadas, comidas en las que no se cuidaba la higiene, beber aguas sacadas de donde bebían los animales y las revolvían con sus pezuñas, o beber de donde defecaban hombres y animales, o beber de donde había animales muertos. 4) Dio ya la vida al tener que dormir en el suelo de cabañas de paja con las familias que le acogían y en donde dormían a la vez los padres, los abuelos, los hijos, los animales, y todo esto sin higiene. 5) Sí, este misionero italiano dio ya la vida por Jesucristo y por aquellos hermanos de Jesucristo mucho antes de morir en aquel árbol.
            - El evangelio de hoy nos habla del Buen Pastor y de los asalariados; nos habla de los buenos pastores y de los malos pastores o asalariados. El evangelio nos da una serie de características para saber reconocer a unos y a otros. Vamos a mirar en nuestra realidad para descubrir a unos y a otros:
1) El buen pastor pasa horas en oración ante el sagrario por la noche o recién amanecido a fin de imbuirse de Dios y de hacerse uno con Cristo. El asalariado pasa horas ante el ordenador con Internet para satisfacer sus aficiones y gustos, para sí, y ese tiempo se lo quita a Dios y a sus feligreses. “Y es que al asalariado no le importan las ovejas”.
2) El buen pastor lee, estudia y se prepara para alimentar y orientar a los fieles que Dios le encomendó. El asalariado se pasa gran parte de la noche con películas o Internet y se levanta a media mañana o para comer, y quizás su primer trabajo en el día sea la Misa de 7 de la tarde. “Y es que al asalariado no le importan las ovejas”.
3) El buen pastor está cerca de sus feligreses, los visita, los acoge y les escucha. Recuerdo que en los años que estuve en Alemania con emigrantes españoles conocí la historia de algunos sacerdotes, que eran párrocos de algún pueblo en España en la década de 1960. Por aquel tiempo, ante las graves dificultades económicas y laborales por las que pasaba España hubo pueblos enteros que emigraron a Alemania, o a Francia, o a Suiza para trabajar, y aquellos sacerdotes, en vez de pedir traslado a su obispo para irse a otra parroquia de la diócesis, se fueron para Alemania, para Francia, para Suiza junto con sus feligreses. El asalariado celebra la última Misa a mediodía del domingo en las parroquias de montaña que tiene encomendadas y luego se escapa para casa de sus padres, o para Gijón, o para Avilés, o para Oviedo. Y allí estará hasta la tarde del viernes en que regresará a sus parroquias para “decir” las Misas del fin de semana. El asalariado “dirá” las Misas de Navidad el 23 de diciembre en sus parroquias para luego poder irse para casa de sus familiares y celebrar las Navidades con ellos, pues “siempre celebró estas fiestas en familia”. “Y es que al asalariado no le importan las ovejas”.
4) El buen pastor conoce las circunstancias, los problemas y las alegrías de sus feligreses, pues se interesa por ellos, y sufre con ellos y se alegra con ellos. Los feligreses saben que pueden acudir a su pastor, pues encontrarán acogida, cariño, comprensión, ternura, ayuda… Y es que el buen pastor conoce a sus ovejas y sus ovejas lo conocen a él, y confían en él. El asalariado está con los que le caen bien, con los que no le dan problemas, con los que le halagan la oreja… “Y es que al asalariado no le importan las ovejas”.
Pidamos al Señor por todos los pastores de su Santa Iglesia. Pidamos que nos convierta a todos los pastores que somos asalariados en buenos pastores siguiendo el ejemplo de Jesús, el Buen Pastor por excelencia.